¿Por qué?

Parece que hay bastantes razones para votar, todas sirven y hay algunas que me parece que habría que poner en negritas. La respuesta es que si tú no votas, nadie lo hará por tí. Si tú no defiendes tus derechos, nadie los defenderá por tí. Hay que contar con el hecho de que en cada cita electoral hay un grupo de fervientes seguidores de cada tendencia que jamás se guardarán la papeleta. Ellos la pondrán en la urna.

Si tú renuncias a votar, quizá porque no te gusta la escena política, lo que estás haciendo es que esos grupos de fieles (habitualmente carentes de objetividad) se queden solos en su fanatismo sin autocríticas. Dándoles todo el poder al que tú has renunciado por no votar, dejándoles todo el control de nuestro día a día y favoreciendo, en último término, el mismo clima que tan poco te gusta.

¿No te gusta lo que ves? Vota. Porque la población es sabia y si cada uno votamos lo que más nos gusta, sin complejos, sin dejarnos llevar por las cuentas, el resultado no puede estar lejos de lo que la gente desee. Antes de votar no hay que hacer cuentas, el recuento viene después y no hay voto más útil que el que realmente nos compensa porque es la opción que mejor puntúa en nuestro baremo, aunque no estemos 100% de acuerdo con ella).

¿Por qué votar? Imagina que los escaños que se reparten a cada circunscripción no estuvieran fijados en referencia al total de su población, sino tomando como referencia el total de sus papeletas emitidas. En ese caso si no fueras a votar tu voto se habría perdido «como lágrimas en la lluvia». ¿Irías a votar? Pues créeme, la situación real no es tan diferente: cuando no vas a votar y dejas que tus representantes sean elegidos por otros, tu voto ya se están perdiendo por el desagüe. Aunque ojo, ponderar los diputados en función de los votos totales: no se me ocurre una manera mejor de fomentar el voto…

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